La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
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Mishkina, la idiota de la cajaEchada boca abajo y tiesa como un palo, ocupo una pequeña caja de madera. Emperifollada con un maillot dorado, tutú, y zapatillas de puntas con cintas; maquillada con carmín barato y excesivo colorete, luzco un tocado de bisutería brillante que pesa como un demonio. Paso la mayor parte del tiempo maldiciéndolo y observando los destellos que reflejados en él, algunos rayos dibujan sobre las paredes de mi caja cuando se cuelan ocasionalmente por las rendijas. Parecen lágrimas, diamantes, perlas. Todo está en silencio y yo quieta, de perfil y siempre sonriente, apoyada sobre una pierna en demi-plié y dejando la izquierda extendida atrás. Mis brazos y hombros sostenidos, crean una larga línea desde las yemas de los dedos de mis manos, sueltos, delicados, hasta las de mis pies, firmes, seguros. Mantengo con severo esfuerzo la postura y oigo los latidos de mi corazón mientras cuento los que faltan para que venga a verme. Un par de veces al día y nunca a la misma hora, mete la mano en el bolsillo de su americana y rebusca entre sus cosas hasta que toma mi caja y me sube a la altura de sus ojos. Al abrir la tapa, un resorte me coloca en posición vertical y hace sonar mi música, la petit fille de la mer. Yo doy vueltas y él me manda beso tras beso y una sonrisa y otra hasta que se acaba la cuerda y vuelvo a meterme en mi joyero. Hasta luego, me dice. Hasta luego, repito mientras la tapa se cierra sobre mí y el terciopelo negro del fondo de la caja se acerca, una vez más, hasta quedar casi pegado a mi cara. SEISAyer en la oscuridad acurrucado desnudo comprimido por las paredes de madera. Martes, 02 de Noviembre de 2004 17:17. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. El RefugioCaía una fina lluvia al otro lado de la ventana. Sus pies cansados la devolvieron a la mecedora después de un corto paseo por el jardín. Todos los años era una recompensa asistir al regreso de la primavera. Fascinada, había procurado mantenerse en segundo plano para no alterar en su delirio la caída de los rayos entre las primeras flores, la titubeante acrobacia de las mariposas sobre el azahar y la húmeda fertilidad de la tierra. De vuelta frente al fuego -que con los años se había convertido en su único acompañante- desató el lazo de su manojo de cartas. Actuó con premeditación, como si lo hiciera por primera vez. Se dio unos minutos demorándose en escoger la primera y finalmente tomó una del centro entre sus ancianas manos, temblorosa. Su rostro se iluminó como el sol al brotar en la línea del horizonte, y una vez la hubo desplegado el derroche fue aún mayor. Sus ojos bascularon de izquierda a derecha repasando cada palabra, buscando las pausas en las comas y la costumbre de hacerlo enamorada, de leerlas emocionada y trastornada. Pero ya era imposible. Anhelaba sorprenderse en sensaciones atrasadas y las leía desesperadamente, no encontrando en ellas más que pasado y olvido para acabar entregándose a la evidencia de que pertenecían a un tiempo muy lejano. Que tenían muchos, muchos años. Que no había rastro de sorpresas, que todo había sido digerido y aceptado. Pero aún así, el calor y la familiaridad que desprendían le provocaba una gran adicción: era toda una liturgia pasar los dedos por las líneas que años atrás una pluma fresca dejara a su paso; deslizar las yemas por los dobleces empujando al papel a doblegarse bajo su peso -que obedecía más por la costumbre y el peso de los años que por sus fuerzas-, perseguirse años atrás, volver a leerle. Era su placer. Aspiró su aroma. Cerró los ojos y cruzándosele una lágrima por la mejilla, las volvió a atar con la raída cinta de raso rojo. Siguió meciéndose, esta vez con el peso de otros cien años encima. Cuando el fuego se hubo apagado, todo en la casa quedó en silencio. Nada perturbaba la paz de aquella estancia donde una señora mayor, haciendo un último y afortunado equilibrio sobre la mecedora, retaba a todas las fuerzas de la naturaleza sosteniendo alzadas entre sus manos, a la altura de un corazón sin vida, un viejo manojo de cartas. Caía una fina lluvia al otro lado de la ventana. SIETEAyer en la oscuridad tiro la lata al rincón, cumplo el ritual de conmemoración, oh, padre del hormiguero, huelo mi culo rancio como un traje gastado. Sábado, 06 de Noviembre de 2004 17:00. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. María Aurélia Capmany (1918-1991), "La dona a Catalunya""I el problema de la dona existeix. Existeix més profundament que mai perquè se'ns presenta en el camp de la vida quotidiana, de la pràctica diària, i no en el més vague i còmode de la ideologia." La noche de mis ojosA través de los siglos, por la nada del mundo, yo, sin sueño, buscándote... Rafael Alberti Cerrando los ojos puedo verme corriendo sobre las azoteas, recogiendo con mis brazos extendidos la ropa blanca de la gente para robarla y apropiarme de su pureza, sin rozar el suelo como las corrientes de aire que coquetean con la tierra, dibujando con mi pelo cintas luminosas y así cruzando la ciudad por los tejados de punta a punta de la noche, llenando mis pulmones de aire. O tumbarme sobre un lecho de hojas en el suelo de la huerta, recién parida por la tierra. Desnuda pero cálidamente atendida. Cómoda en el centro del milagro y girando sobre mí misma volviendo a ser una niña, nada más que una niña de ojos cerrados con el frío y duro tacto de la tierra entre los dedos. Otras veces, decenas de manos aletean alrededor mío consiguiendo estremecerme de placer, atraídas por sonidos que mis labios inventan hasta enredarse en mi nombre y hasta anidar en mi piel. De noche y lejos de nuestra casa a todas les pregunto por ti. Me cuentan que apagas la televisión y me buscas entre los pliegues de las mantas del sofá sumido en el pozo de una desesperación interminable. Que con los ojos pegados te aparezco tendiendo la ropa en el patio y te preguntas qué estaré haciendo ahora mientras acorralado, me ves cerca en tu sueño, tan cerca como para tocarme. También a todos preguntas por mí evitando pronunciar mi nombre para no sentir la lejanía; para seguir llevándome en alto, sólo para seguir amándome. Sólo para recordar como me hundo entre tus dedos, como me hago una madeja en el hueco del sofá donde sueles buscarme. Como recojo del suelo la ropa después de amarnos. Molesto, te agarras fuerte al naufragio de olerme en un recuerdo colgado y revolcándote en sábanas secas, repites que al irme olvidé dejarte por escrito que tendrías que cuidarte de tanta melancolía, que la comida se te pudriría fría en el horno. Que no deberías exagerar la nota descolgando el teléfono cada día sólo para confirmar mi regreso. Si cierro los ojos siento avanzar al universo entero sembrando en mi regazo sus maravillas, también yo a ti te recuerdo. Y te hablo. Y aunque no respondes, te sigo adornando con sonrisas que cuelgo de tu pelo y de tus hombros, como un dios distante que recibe postración y ceremonia. Pálida y bonita, la luz de la Luna se apodera de esta habitación y origina un casamiento entre el instrumento de mis pensamientos y la noche de mis ojos. El final de la historia siempre es el mismo, me adormezco con tu nombre besándome la boca. Mi estrella polar. OCHOAyer en la oscuridad el suelo de la caja está cubierto de un pegajoso manto. La rendija es una ventana con vistas a una ciudad gris (y un cielo pesado). En un rincón se acumulan las latas vacías. Me arrastro pegado a las paredes desde el rincón de las latas hasta el rincón de las latas. La madera astillada araña mi piel. Balbuceo con las rodillas y las manos pringosas. Golpeo las paredes. La sangre cae de mis nudillos sobre la mesa y sobre la hoja de papel sobre la mesa. Leo sobre hombres desnudos arrastrándose por el barro, detrás y delante de hombres desnudos arrastrándose por el barro con un saco a la espalda y un abrelatas. La sangre empapa el texto, inunda la mesa, chorrea hasta el suelo cubriéndolo de un pegajoso manto. Lunes, 08 de Noviembre de 2004 17:46. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Delenda est RosaPequeña rosa, rosa pequeña, a veces, diminuta y desnuda, parece que en una mano mía cabes, que así voy a cerrarte y a llevarte a mi boca, pero de pronto mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios, has crecido, suben tus hombros como dos colinas, tus pechos se pasean por mi pecho, mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada línea de luna nueva que tiene tu cintura: en el amor como agua de mar te has desatado: mido apenas los ojos más externos del cielo y me inclino a tu boca para besar la tierra. Pablo Neruda Se sirvió una taza de té. De mala gana y después de pasarse una mano por la barba, aburrido y hastiado, se soltó el nudo de la corbata. Repasó las notas que había tomado en su primera cita: “Mujer de treinta y dos años, abierta y expansiva, imprudente y poco reservada, mirada sincera, cordial, amable. Se muestra divertida y cercana. Irónica. Aspecto físico saludable. Expediente: 27/2003”. Conectó el radiocasete y lo puso sobre la mesa, se giró hacia la ventana y perdió la mirada entre la multitud que caminaba por las calles o esperaba el autocar acompañados por las bocinas de los autos, allá abajo. La voz de su paciente comenzó a sonar calmada. Decía así: “Me tumbo en la cama y me dejo amar. No sé si quienes pegan su boca en mi oído han venido a amarme, pero lo que sí está claro es que no consiguen hacérmelo llegar. Ni sentirlo. Ni sentir. Algún día de algún mes de algún año, y siempre de forma casual, despierto de mi letargo y me abandono en brazos de mi compañía. Me transformo en un animal doméstico pegándome a su piel y deslizándome por ella mojando hasta colmar el último centímetro disponible, llegando a todos los rincones, lenta, húmeda, suavemente. Pongo el alma en la punta de la lengua. Se me siente desde dentro como un estremecimiento. En la espalda, como un escalofrío. Tibia, fértil. Contagiando calor. El hombre que es correspondido con ese boleto ya no conseguirá olvidarme, no es fácil desprenderse de mí. Para muchos ha sido imposible. Conocí el amor, pero de eso hace mucho tiempo. Tanto que hasta comienzo a pensar que debe ser un fallo de memoria. Algún protocolo erróneo. Imaginaciones mías. Algo. Recuerdo su voz, recuerdo su voz, la recuerdo… Recuerdo que le enseñé a decírmelo. Cómo añoro su voz diciéndomelo, doctor. Se podría decir que soy suficientemente feliz, luego caigo en la cuenta de que alguien galopa sobre mí y que debo jalearle la faena. Lo hago. Lo hago con los ojos abiertos. Después si requieren unos mimos los doy mirando a la cara, directamente a los ojos y sonriendo. Pero muy lejos de allí. Ya hace tiempo que no vivo en este cuerpo mientras lo toman. Mi alma la tiene un hombre. Sobre estas cosas jamás pude decidir ni tomar partido, me suceden solas y poco puedo hacer para resistirme. Aquel que susurró palabras de amor sobre mis labios que sí llegaron a su destino y correteando entre mis piernas me enseñó hasta donde podía ponerse el listón de alto, es el mismo que se estará haciendo cargo de ella. Prefiero pensarlo. Por eso no estoy en mi cuerpo cuando me aman, por eso me arqueo con esfuerzo y por eso los jadeos suenan rítmicos y artificiales. Por eso. A ratos pienso que me engañó. Medito sobre la idea de que todo podría haber sido mentira, incluso que no se acuerda de mí como yo de él… opto por indultarle. Falta de pruebas. Sonará estúpido pero durante los primeros cinco minutos de sexo y mientras las pieles todavía están secas, me reservo unos segundos de estudio a los que de tan recurrentes y poco afortunados, he cogido hasta tirria. Son pocos, pero los suficientes para que mi cuerpo no reconozca a quien tengo debajo. Después ya es mecánica pura. La maquinaria está bien engrasada y mis amantes no presentan queja, pero ninguno consigue arrancarme un verdadero gemido de placer. Estoy lejos pero sudando, encima. Me pierdo buscándole. Cuando todo acaba me siento derrotada. Sobrevivo gracias a los abrazos con que me premian mis amantes y que acepto aún sin merecerlos. Prefiero no mirarles mientras se visten. Alguna vez marqué su número telefónico. Quiero decirle tantas cosas. Quiero que sepa cuánto le quiero, cuántas cosas me callo y cuánto le echo de menos. Quiero cerrar los ojos mientras me habla, quiero que me hable, quiero que me quiera, quiero que vuelva, quiero que… Necesito que se de cuenta de lo mucho que le amo y a pesar de eso, no soy capaz más que de entablar una conversación trivial a la que él tampoco parece querer dar profundidad. Al colgar quisiera… No sé qué quisiera, pero para empezar no querría ni haber colgado. Lo que siento después es mucha rabia y mucha tristeza, suelo taparme la boca y apretármela para no gritar. Los ojos se me inundan de lágrimas y al caer, queman mis mejillas. Lloro mucho en horas libres, doctor. No consigo que vuelva. Darme cuenta de esto es lo más trabajoso y lo más duro. Aliento unas pocas y ya muy gastadas esperanzas de volver a amarle, como de segunda mano y ya casi ni mías. Camino de puntillas sobre una repugnante certeza de saberme alejada de, echada a rodar por. Seguridad de que otro guarda la llave, de que otro que no está al alcance seguirá llevándose todos los pensamientos, consecutiva, irremediablemente. Alguien que siquiera tiene cara, ni gestos. Que no tiene piel, ni caricias. Alguien que no tiene boca, pero besa. Alguien que no tiene brazos, pero aprisiona y no suelta. Alguien que en otra época me hacía sonreír tras las risas en el colmo de la felicidad, alguien que arrancó gritos descontrolados de alegría. Alguien que no viene, alguien que olvidó por donde se llega a mí a pesar de lo fácil y lo puta que me he vuelto. Otro hombre más y la gata no ha salido a escena, doctor. Otro hombre más y no era el mío. Otro, y estaré más lejos de él porque me castigaré a mí misma castigándole. Quien sabe si el próximo sea el afortunado y quien sabe si con él entre las piernas sacie mi sed durante un buen puñado de boletos perdedores más.” Apagó su cigarrillo y volvió a pasar la mano por la barba, recogió la mesa y tomó la agenda. La abrió por el viernes 15 de marzo de 2003 y anotó: “Posible cena íntima con expediente 27/2003 pendiente de confirmación telefónica.” Se colocó el abrigo y cerró la puerta de su consulta tras él. El cartelito con su nombre quedó inclinado tras el portazo, pero era de esperar. NUEVEEl ser en la caja. Interior. Ayer la existencia era oscuridad, el ser un mapa ciego de olor rancio. Un traje gastado con el que alimento a las hormigas. La rendija es el color de la sangre, la persistencia del dolor, la piel arañada, los nudillos destrozados, el balbuceo animal, la constancia del ser, la intuición de la nada. Miércoles, 10 de Noviembre de 2004 16:58. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. DIEZEn la caja más pequeña dentro de una de las otras cajas fuera de la caja un hombre con un traje gastado mira desde una ventana una ciudad gris aprisionada por un pesado cielo de bajas nubes grises. Espera el gesto de la traición en unas pestañas mientras siente su respiración que llena la caja. Sábado, 13 de Noviembre de 2004 17:42. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. ¡Click!Aquel momento que flota nos toca con su misterio. Tendremos siempre el presente roto por aquel momento. D. José Hierro La primera vez que lo hizo tuvo muchos remordimientos pero después ya no, pronto se acostumbró a deshacerse de lo que le estorbaba. Hubo un tiempo en que acumulaba cientos de baratijas, a los más pequeños les hacían los ojos chiribitas observando su colección de canicas de cristal y de cromos antiguos, la exponía con orgullo junto al alféizar de la ventana sintiéndose protagonista de un pequeño triunfo sobre la vulgaridad de la chiquillería. Su caída de ojos después de repasar las miradas entusiastas de los críos era todo un homenaje a su soberanía personal: lenta, minuciosa, pedante. Se reconocía merecedor de este tipo de victorias y no podía evitar sonreírse. Tenía siete años. No había tenido un solo amigo en su corta vida, pero no parecía estar dolido por ello, al contrario, alguna vez había sido testigo desde su ventana de inverosímiles intercambios de propiedades -cromos, caramelos, regaliz- entre niños de su edad y esto, unido a aquel cansancio vital que se apoderaba de su espíritu cada vez que seguía sus juegos, fue lo que puso la guinda al pastel del olvido. Durante su infancia apenas sí salió de casa, sus padres tampoco le animaron demasiado creyéndole aquejado de algún tipo de ansiedad que le atribuyeron en el transcurso de una charla de sobremesa, y en suma, creyeron sumamente beneficioso aquel recogimiento después del desdichado y fatal accidente escolar de su hermano mayor. El niño no parecía necesitar nada que no estuviera dentro de sus cuatro -y seguras- paredes y eso apaciguaba todas las aguas familiares. Aprendió a tocar algunos instrumentos musicales -piano, violín y flauta travesera- y estudió dos carreras -Astronomía, y Derecho como su padre- gracias a profesores particulares que su progenitor retiraba a golpe de talonario de los mejores colegios. Se trataba de un estudiante excepcional y hubiera sido un estímulo para cualquier maestro de no ser por su carácter. Solía adelantarse a las enseñanzas y perdía los nervios en excesivas ocasiones llevado sin duda por una sed de conocimientos que algunos de sus tutores bautizaron como vampírica. Una vez se quedaba a solas y acababan las clases, buscaba en alguna de las enciclopedias de su biblioteca la confirmación a lo que le habían enseñado, ampliando y mejorando, explorando y descubriendo. Su mente no conocía descanso, y tampoco le preocupaba proporcionárselo. Cuando cumplió veinte años sus padres instalaron en el tejado un telescopio. No era el primero, pero este era de dimensiones impresionantes. Les costó dos días separarlo de él. Su padre era un hombre aparentemente tranquilo. En ocasiones, cuando la amargura hincaba los dientes en su alma, buscaba la compañía de su hijo para apaciguarla. Juntos se encontraban bien a pesar de no haber conseguido profundizar sobre ningún tema durante el transcurso de sus vidas. Aquella era una relación natural y muy sana, no había nada que pedir y no había nada que entregar. Su hijo era muy callado y excepcionalmente inteligente. Era normal que tuviera un carácter como el que tenía, se trataba -sin duda- de un genio. Algunas noches, cuando el sueño ya le vencía y los ojos se le empezaban a cerrar, le imaginaba corriendo otro tipo de suerte: triunfando en el mundo exterior, estrechando la mano de personas del entorno de su despacho, trabajando mano a mano con él, peleando los mismos casos. Sonreía. Imaginaba sentirse muy orgulloso con ello. Daría cualquier cosa por ver la cara de sus colegas cuando irrumpiera en los juzgados, la envidia que iba a provocar con aquella seguridad, aquel entusiasmo, aquella soberbia aplastante. Después un clic mecánico tornaba aquel orgullo en miedo. El mundo se estaba privando de una personalidad arrolladora, cierto, pero ese mismo mundo -él lo había visto, quizá hasta comprobado en sus propias carnes- solía ser el causante de la debacle de aquellas ansias. La vida allá fuera ponía su pesada bota sobre ilusiones y sueños, apaciguándolos, mermándolos, transformándolos en cotidianeidad, en planicie, en vacío. Se dormía intranquilo pero satisfecho, al fin y al cabo de momento todo estaba en calma. Quizá para el mes siguiente tuviera que calentarse la cabeza pensando en alguna nueva e inquietante atracción -interna- para su pequeño, pero sería capaz de lo que fuera por preservar a su hijo de cualquier mal -externo- conocido. Cuando comenzó el mes de marzo todo hacía presagiar que sería como los veintinueve anteriores: lluvioso, frío y recogido. Muy recogido. Pero aquel mes parecía haber explotado en el calendario, todo estaba exultante de belleza y los aromas se elevaban a la enésima potencia. El joven no se mantuvo al margen de aquella frescura, no pudo sustraerse a ella. Subía al telescopio a diario acompañado de sus libros de notas y allí pasaba horas y horas manejando tantísimas cifras y tantísimos datos. Tantos como estrellas había sido capaz de localizar. Muchos. Muchísimos. En aquellos días el mayordomo de la casa fue despedido por empujar accidentalmente uno de aquellos cuadernos desde la cornisa hasta la calle mientras retiraba una bandeja, yendo a caer -que también fue mala suerte- a uno de esos charcos eternos que se hacen en invierno. La pérdida fue declarada irreparable. El mayordomo no obtuvo carta de recomendación. Una vez recuperada la tranquilidad familiar por aquel desgraciado incidente, y durante una de las sesiones lunares, el telescopio perdió altura. El joven parpadeó y cuando volvió a abrir los ojos, lo que veía era el otro lado del parque, y echada bajo la luz de una farola y durmiendo con un libro entre las manos, a una muchacha. No dejó de mirarla durante largo rato, no supo cuanto. Era muy hermosa, o no, pero descansaba tan plácidamente y era tan cálida la expresión de su rostro, que se sintió fatalmente atraído por su imagen. Era rubia y sus cabellos eran largos, muy largos. Su piel se erizó en un par de ocasiones a consecuencia de la brisa, era fácil apreciarlo con el telescopio. Las ropas que vestía flotaban delicadamente y a veces parecían querer cobrar vida azotando con ternura su cuerpo, sin despertarla, como aleteando. Se le entreabrían los labios con una dulzura, una humedad y una lentitud fuera de lo común. El joven exigió sentirlos cerca, tocarlos, acariciarlos, dejar rodar sus dedos por su perfil sin despertarla, dibujarlos, calentarse en ellos. Vivir allí. Daría cualquier cosa por estar cerca, por mirarla a un palmo escaso de su cara, por sorprenderla con su mirada, por sonreírle. Estiró un brazo creyendo poder alcanzarla y lo volvió a meter en su bolsillo sintiéndose un completo idiota y sonrojándose por primera vez. Estuvo observándola mientras recogía sus cosas y dirigía sus pasos hacia la salida del parque. Lo último que pudo ver fue su pelo flotando cuando la muchacha giró por la calle que la hizo desaparecer. A la hora de cenar todos se sentaron a la mesa con la puntualidad acostumbrada. El padre el primero, se trataba de una costumbre familiar. La madre se unía a la mesa en segundo lugar y juntos solían reclamar la presencia del hijo a la servidumbre. Siempre había sido así, durante años el mayordomo golpeaba la puerta de la habitación tres veces seguidas y después decía: “la cena está servida, sus padres le esperan en el comedor”. Esta vez el mayordomo hubo de insistir, dio los consabidos tres golpes en la puerta y repitió: “la cena está servida y sus padres le esperan en el comedor”. Nadie respondió ni ese día, ni durante toda la semana siguiente. Dentro se estaba viviendo una metamorfosis. Allí estaba él tocándose el rostro inexplicablemente frío, mirándose en el espejo y encontrándose blanco, soporífero, plano. Vacío. Extrañándose por todo cuanto no podía extrañarse y jamás le había importado; viviendo vidas que jamás quiso ni anheló vivir, amando a una mujer a la que sólo había visto una vez, sopesando su vida, contrastando en la balanza cientos de datos contra aquellos labios, contra aquel cabello flotando ante sus ojos, contra los latidos que provocaba en su corazón su solo recuerdo. Evitando pensar en la pérdida de tiempo, evitando culpar a nadie, siquiera a sí mismo por una evidencia que dolía siquiera recordar y de la que era protagonista. Mirando a su alrededor, sintiendo el peso de todos los segundos que ya le separaban irremediablemente de volver a sentir aquel rubor (tan inocente, tan inocente). Cerrando los ojos y viviendo vidas paralelas y sorprendentemente atractivas. Temiéndose la decisión pero conociéndola y esperándola, toreándola, dándole forma y detalle, meciéndola, aceptándola, haciéndola suya, atrayéndola hacia donde nunca había sido bienvenida. Abandonando el miedo. Al mediodía del domingo veintiuno la puerta de la habitación se abrió. Salió nervioso luciendo un traje gris marengo que estrenó para fin de año, repeinado hacia atrás. Cruzó el pasillo y llegó a la puerta del comedor, miró a sus padres. Metió la mano en su bolsillo y acarició las llaves de la puerta principal, salió por ella dando un traspié con el escalón de la entrada. Sus padres tomaron sopa y carne en salsa. No pudieron con el postre. El inapetente cabeza de familia rechazó su taza de té y tomando su reloj de bolsillo dijo: “alguna vez debía llegar la primavera a esta casa”, y sintió miedo. ONCEHombres de acerada mirada dejan caer, una y otra vez, sus varas de roble sobre la caja. Lunes, 15 de Noviembre de 2004 16:56. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. DOCEVeo al hombre que observa desde la ventana una pesada ciudad gris. Quiere moverse pero tiene un pie clavado al suelo. A su alrededor se extiende borboteando un charco de sangre. De su zapato surge acerada la punta de un clavo. Sábado, 20 de Noviembre de 2004 17:41. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. El companageYo, que soy una gran obsesa y que me precio de serlo, siento orgullo de mi condición. Vivimos. Somos perturbados. De hecho lo somos tanto y en tan gran medida, que cada vez que hacemos algo, lo realizado no nos es suficiente, no nos llena y pretendemos más. “Ya que estoy sentada en el wc voy a disponer el papel higiénico como Dios manda.” Aprovechamos el tiempo; mientras todos se sientan en la taza con el único propósito de calcular el alcance de sus deposiciones para variar en lo posible o necesario el estado de su dieta o contemplar con asombro el increíble trabajo realizado, nosotros, los maniáticos, posponemos esta labor y prestamos la atención debida al correcto estado de las cosas. Para nosotros es de vital importancia que todos y cada uno de los objetos sea usado correctamente y de nosotros depende la armonía de nuestro hogar. Cuando nos sentamos a ver la tele, no la vemos, lo que en realidad estamos sopesando no es si la protagonista está sufriendo de forma desmedida o si metiéndose por ese pasadizo va a cagarla porque seguramente se encontrará con el malo. No. Los maniáticos tenemos la mente puesta en si la luz que deja pasar la persiana es la idónea para esa escena, o si la temperatura de la habitación es la adecuada para el visionado de la cinta. Tampoco pasamos por alto si los demás están cómodos. “Ya que me levanto a bajar la persiana ¿te traigo una manta? ¿Te hace falta algo?”. No nos sentiremos a gusto hasta que los demás lo estén, es algo básico para nosotros. (Quede claro que haríamos cualquier cosa por el prójimo, quede clarísimo. Más tarde se entenderá el motivo de esta puntualización.) Jamás veréis en la cocina de un maniático un cacharro fuera de su sitio, nunca. Y nunca quiere decir eso, nunca. Antes agujereamos a propósito todos nuestros condones que permitir que una sola sartén no descanse dentro de otra de mayor tamaño, acogiendo ésta a su vez a las inferiores en perfecta, y siempre tranquilizadora armonía sartenil. Las especias, las latas, los envases, las bolsas, las cucharas, platos y vasos… todo lo disponemos de forma lineal, de mayor a menor tamaño, de mayor a menor uso. Vernos cocinar es todo un espectáculo, utilizamos los adminículos culinarios con maestría propia de grandes chefs. Podríamos disertar durante horas sobre el buen uso de las cucharas de madera o sobre la conveniencia del pasapurés en detrimento del uso de la batidora, pero si lo hiciéramos no estaríamos pendientes del sofrito y de la cocción de las verduras, así como del chorro de agua que se derrama sobre la lechuga en el fregadero, y mucho menos del sobre de puré de patatas que hay que ir a buscar entre el primer hervor de la coliflor y el justo escurrido de la lechuga antes citada. “Ya que me paso por delante del fuego para ir a buscar un cuchillo, removeré el hervido”. Está todo cronometrado, cada cosa tiene su turno y se ha llegado a medir gracias a la repetición constante de estos hechos durante toda la vida; se trata de un trabajo de campo del que se han extraído conclusiones a las que ya no es posible sustraerse. El cuarto de baño de los maniáticos es nuestra mayor perdición. En él, cualquier intruso será tratado con extrema brutalidad. Los pelos en el lavabo, las manchas en los azulejos que se ven o de pasada o a inspección provocada desde la puerta, las gotas de pis que se desparraman asquerosamente por el suelo de las inmediaciones del water, la alteración del orden de los botes de cosmética, el de las zapatillas de andar por casa, el de los camisones y pijamas que comienzan su desfile por la derecha comenzando por el más limpio y acabando en la izquierda, por ser el más usado y más cercano al cesto de la ropa sucia; el siempre implacable cerco del vaso del cepillo de dientes, el chorrete calcáreo que provoca un grifo mal cerrado... Nosotros no conocemos la paz hasta que todo vuelve a su sitio. Sé de casos de gente estreñida sólo por causas ajenas a su voluntad, como una toalla mal colocada frente a frente, o un bote de champú que no ha sido bien cerrado, cosas todas ellas, que afectan muy comprensiblemente al normal funcionamiento del cuerpo humano. En el dormitorio es donde se nota que alguien es maniático o no lo es, porque una cocina limpia y ordenada, y un baño pulcro hasta límites sorprendentes no define auténticamente la personalidad de uno de nosotros. El colmo de nuestra actitud y lo que nos subraya como auténticos obsesos es el guardarropa. Un buen armario se ordena por temporadas, después por estilos, dentro de los estilos por colores, por tallas, por uso y por último, por estado. Un traje de chaqueta desfasado nunca podrá estar contiguo a uno en activo ni aunque lo iguale en color o en talla, así como un pantalón jamás en la vida puede colocarse donde sólo haya faldas. Eso sería como meter un elefante en una cacharrería: daña a las córneas, al buen estado mental y hace que todo mude a un terrible caos. Por añadidura, haya ciertos detalles íntimos que –rayando en la locura- me califican como un caso clínico, como por ejemplo: De encender y apagar la luz siete veces cada vez que entro en una habitación depende la salud de los míos. El día que por causa mayor no lo hice, alguien cayó enfermo. Ahora estoy condenada a hacerlo aunque me suponga un placer añadido el hecho de deslizar mi mano sobre esos preciosos enchufes que yo misma elegí y a los que desgraciadamente, se les ha borrado una pequeña y monísima –que lo era- bombilla dibujada en su centro. El dependiente nos dijo que aquello duraría siglos, pero no contaba con multiplicar su normal uso por siete, natural. (…) Hace un rato entraron a robar en casa y lo han dejado todo revuelto, cuando regresé me metí aquí, en el cuarto de la limpieza, único reducto de mi salvación, desde el que ahora filtraré esta nota por debajo de la puerta. No pienso salir de aquí hasta que alguien no ordene mi casa, que llamen a mi madre, ella sabe. O a mi exmarido, que también conoce mis peplas. Si no se les puede localizar, al menos rogaría se siguieran las indicaciones reflejadas al principio de este texto, pagaré lo que haga falta. De más estará decir que cuando llegué a casa y vi lo que había sucedido no hice como otros, tirarme a abrir la caja de caudales para ver cuántas cosas podían haberse llevado los ladrones, sino que me entretuve comenzando a colocar las cosas en su sitio, pero son demasiadas. Nunca conseguiré yo sola devolver a mi casa su estado original, me da pánico salir de aquí. Al contrario, si salgo y tengo que enfrentarme a ese caos lo más natural será que todas mis funciones vitales se vean colapsadas, sufriré arritmias, paros circulatorios, caída de pelo, estreñimiento brutal; no sé cual puede ser el alcance, pero tampoco estoy por la labor de averiguarlo, ya al meterme aquí dentro ingresé con claros síntomas de mareo y vómitos. El que lea este escrito, si tiene la amabilidad, que me acerque del frigorífico un poco de jamón. Estará, si es que los cacos no lo han mudado de lugar, en el tupperware de los fiambres, alineado entre el chorizo y el morcón. Como es natural. TRECE25 en la base. Cada lata del nivel siguiente se apoya exactamente sobre los bordes de cuatro latas del nivel inferior. Mientras ascendemos disminuye el número de latas. El siguiente nivel tiene 16 latas perfectamente asentadas sobre las 25 del nivel inferior. El siguiente 9. El siguiente 4. El más alto una única lata. Todas las latas idénticas sin marcas ni distintivos. Cada altura de la pirámide está orientada de forma que las hileras de latas quedan paralelas a las paredes de la caja. Debo empezar por la lata que ocupa el nivel superior (1), después, en los niveles en que hay más de una lata (4, 9, 16, 25) empiezo por la hilera más alejada a la pared en que está la rendija, y siempre de derecha a izquierda. Entonces, en el orden descrito, después una de las cuatro latas del siguiente nivel (5), después, en el orden descrito, una de las nueve del siguiente nivel (14), después, en el orden descrito, una de las dieciséis del siguiente nivel (30), después, en el orden descrito, una de las veinticinco del nivel inferior (55). Después el hambre y la espera, la puerta que no veo abrirse, la mano que no veo construir el milimétrico artificio. Lunes, 22 de Noviembre de 2004 17:41. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. CATORCEEn el orden descrito, voy consumiendo las latas. De derecha a izquierda. De la hilera más alejada a la rendija a la más cercana. Paso los dedos por el interior de las latas. Rebaño hasta el último grumo de comida. Amontono las latas en una esquina. Con un lata vacía recojo la sangre que mana de mi pie, la bebo, la vuelvo a recoger, la bebo, la vuelvo a recoger, la bebo, la vuelvo a recoger, la bebo, la vuelvo a recoger, la bebo... Martes, 30 de Noviembre de 2004 17:41. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. |
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